56 Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre;
Me oprime combatiéndome cada día.

Todo el día mis enemigos me pisotean;
Porque muchos son los que pelean contra mí con soberbia.

En el día que temo,
Yo en ti confío.

En Dios alabaré su palabra;
En Dios he confiado; no temeré;
¿Qué puede hacerme el hombre?

Todos los días ellos pervierten mi causa;
Contra mí son todos sus pensamientos para mal.

Se reúnen, se esconden,
Miran atentamente mis pasos,
Como quienes acechan a mi alma.

Pésalos según su iniquidad, oh Dios,
Y derriba en tu furor a los pueblos.

Mis huidas tú has contado;
Pon mis lágrimas en tu redoma;
¿No están ellas en tu libro?

Serán luego vueltos atrás mis enemigos, el día en que yo clamare;
Esto sé, que Dios está por mí.

10 En Dios alabaré su palabra;
En Jehová su palabra alabaré.

11 En Dios he confiado; no temeré;
¿Qué puede hacerme el hombre?

12 Sobre mí, oh Dios, están tus votos;
Te tributaré alabanzas.

13 Porque has librado mi alma de la muerte,
Y mis pies de caída,
Para que ande delante de Dios
En la luz de los que viven.




Contexto

David tenía motivos para temer. El rey Saúl lo estaba persiguiendo. Y en su desesperación lo llevó a los filisteos, donde enfrentó otro desafío de aquellos que no confiaban en él. ¿Qué iba a hacer? Volvió su pluma y su corazón hacia el Señor.




¡La fe vence al miedo! Conquista el miedo exaltando el poderoso amor de Dios en Cristo por nosotros y fortaleciendo la obediencia. Cuanto más nos deleitemos en el amor de Dios, más seguiremos la ley de Dios. Y cuanto más sigamos la ley de Dios, más nos deleitaremos en el amor de Dios. Y en ambos movimientos del alma, el miedo se coloca en favor de la fe.




Dios poderoso, pones este mundo en movimiento. Tienes el tiempo en tus manos. Confío en que conoces mi futuro, pero ahora mismo tengo miedo. No sé cómo van a ir las cosas. En este momento, las cosas no están funcionando y tengo miedo de que nunca lo resolveré. Por favor, acompáñame y muéstrame el camino. Ayúdame a confiar completamente en ti. 

Gracias, Padre, porque eres el Señor mi Dios en quien he puesto mi confianza. Gracias por las declaraciones de David, cuya confianza en ti se reflejó con las valientes palabras que pronunció. Gracias porque no hay nada que temer, porque has prometido mantenernos a salvo. Como David, proclamo en el nombre de Jesús: "No temeré lo que me pueda hacer el hombre, porque en ti, oh Dios, he puesto mi confianza". 

Padre celestial, gracias por amarme y liberarme. Gracias por ser mi Vindicador. Elijo liberar todo dolor, dolor y tristeza, sabiendo que Tú harás nuevas todas las cosas. En el nombre de Jesus. Amén. Salmo 56: 8




 

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